Última carta de un Sobreviviente

Donde vivia existía un árbol de cerezas...
Todos en el pueblo lo veneraban y querian mucho pues era uno de los pocos sobrevivientes de aquel suelo infértil. Siempre estaba lleno de carisma, sutileza y mucha belleza.
Durante la primera temporada del año nos embelesabamos con su copa, pues era en esta época en la que nuestro arbolito se llenaba de hojas tiernas y rosadas.Y en las tardes se montaba un espectaculo natural: el viento, siempre fuerte, soplaba y las hojas rosadas, siempre suaves, flotaban en el cielo, atrapadas en las corrientes de aire. El ocaso coincidia en este momento y le brindaba color y melancolia al momento feliz. Nosotros terminamos por llamarlo "la hora de la danza de petalos".
Mirando mi arbolito aprendí muchas cosas. Entendí que la perfección radica y existe en su propia imperfección. Toda felicidad, toda gran alegria y todo gran amor tienden hacia el desequilibrio..."un dia termina en una noche y una sonrisa, en una profunda depresión".

A partir de la segunda temporada del año, el clima empezaba a cambiar.
Todos se preparaban para el crudo invierno menos mi arbolito. Poco a poco iba perdiendo sus hojas hasta quedar totalmente desnudo e indefenso. La madera se volvia dura y de un color opaco. Los pobladores entraban en contradicciones, no lograban aceptar el hecho de haber tenido la mayor belleza frente a sus ojos y que ya no este.
"Que haya cambiado y desaparecido todo rastro de lo que fue"
La mayoría de las personas terminaban muriendo de pena. Amanecían colgados de la viga mas alta de su habitación. Los mas fuertes, se cortaban los ojos y y sangraban hasta que ya no pudieran ver nada más.
Con el pasar del tiempo todo empeoró.
La contaminación de las fábricas aledañas produjo un cambio en el clima, volviendo los inviernos más largos y evitando florecer, nuevamente, a nuestro cerezo. Los pocos sobrevivientes(después de habernos mutilado los ojos) decidimos cortar la entrada al bosque y convertir el pedazo de tierra del cerezo en una isla flotante. Lo empujamos hacia el inmenso rio y sentimos como era arrastrado por las corrientes internas.
Con los años fueron muriendo mis pocos amigos por vejez. Ciegos y con una expresión de melancolía, tristeza y dolor, como si hubiesen vivido todo este tiempo con una daga incrustada en la planta de los pies y hubiesen sido obligados a caminar.
Pero antes de morir, debo confesar mi último secreto: antes de echar el arbol a la mar, cayeron sobre mi brazo unas semillas y sin que nadie se diera cuenta las guarde en mi bolsillo. Hoy, las sembre en el jardín de mi patio. Me aborrezco por ello.
Estoy muy cansado y he decidido pasar mi última noche durmiendo en el jardín. Se siente como una danza de petalos....

