Cotidiano II

Pasaba las noches curtiendo, volviendo realidad la hipocrecia de ser amable con todos y respetuoso segun el poder adquisitivo del comprador. Era increible su mascara perfecta de no ser el mismo en su jardin de margaritas. Mascara llena de facciones bien definidas, esteriotipadas y con aroma a pefume comercial. Quizas lo unico que terminaba sacandolo del encierro a manera de cachetada era el amanecer.
-Si el amanecer no es el plebeyo del cielo entonces será el mismo cielo quien muera de soledad y tristeza indigno de nadie más- solia pensar mientras miraba perdido en direccion al oeste del mar, siempre vacio, siempre con ventiscas frias.
Pero un leve golpe en la espalda lo volvia a destruir e incorporaba su cuerpo, de nuevo, en su mecanismo de ser humano y curtidor. Era la mano del jefe, uno de esos personaje con bigote y con los cachetes rojos que a primera impresion dan miedo pero que, con el trato y con el tiempo, van cayendo en las trampas de la sensiblidad, es decir sólo son seres humanos con miedo al titulo de cobarde o debil de caracter, un verdadero toro sin cuernos.
Cuando terminaba su turno de trabajo no hacia lo que los demás. No iba corriendo a bañarse para sacarse el olor a podredumbre y descomposicion del pescado en su cuerpo. Tampoco gastaba sus monedas en el vicio del poker, tan atractivo en esas epocas porque llegaban las prostitutas cansadas de la cuadra y armaban equipos para enfrentarse machos contra hembras. Una batalla bastante sucia y lividinosa que siempre termina en borracheras y orgias gratis para los curtidores. Si bien es cierto que todo esto le prevocaba en algun sentido, en ese que todos tenemos y nos hace carnales, tenia coss mas importantes que disfrutar: una estadia solo en la arena, a media luz y cerca del faro, el faro de su amor, de ella y de sus margaritas melancolicas.

La arena tiene sus misterios, a veces firme a veces no, a veces interminable a veces no, a veces subjetiva a veces no. En todo caso a el no le importaba nada de eso y mucho menos la inmortalidad del mosquito. Tenia un propósito fijo: pensar en ella, en su faro, pues con el tiempo y el abandono de su cuidado, se volvió pertenencia suya, por merito de cariño y afecto.
Solian acabar sus salidad ahí, en el faro, donde nadie los molestaba, donde podian observar sin molestias las dos caras de la moneda, hacia un lado, el pueblo infestado de casas, de movimiento y de bulla. Parecieria como si dependieran de forma critica de un parametro de orden. Cualquier alteracion, daba la impresion, que traeria abajo el pueblo y a su gente con el. Hacia el otro lado, estaba el mar, vacio pero muy lleno de caracteristicas inimitables. Las olas podian traerte recuerdos o arrullarte en el sueño. La orilla, siempre dulce, recuerda la espera y la desesperacion de no saber. Finalmente el limite del mar, el horizonte verdugo, quien te indica el fin, pero tambien el indicio de la esperanza de algo nuevo mas allá.
Solían ponerse uno a cada lado y se gritaban al azar lo que veian, lo comparan y aunque lo habian visto muchas veces nunca terminaban de creer el contraste de condiciones. Solo los distancia una mirada pero en realidad, una simple orilla hace la diferencia entre un mundo y otro nuevo.

